Prólogo

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Por Mario Albornoz

Para Robert Merton, uno de los padres de la contemporánea sociología de la ciencia, esta última es una actividad destinada a producir conocimientos dotados de ciertas características, tales como la universalidad, la comunicabilidad y la acumulabilidad, que hayan sido adquiridos mediante una metodología que los legitime como científicos.

La ciencia, por lo tanto, no es un conjunto cerrado de conocimientos, sino un camino sujeto a ciertas reglas; un quehacer destinado a producir conocimientos y a comunicarlos, ya que éste, el de la comunicabilidad, es uno de sus rasgos esenciales.

A la hora de comenzar un viaje o emprender una trayectoria, un mapa del camino, una brújula y un manual de procedimientos resultan indispensables. ¿Por qué no habría de ser igual con la trayectoria de la ciencia?

El libro de Santiago Koval tiene esa aspiración. Este Manual para la elaboración de trabajos científicos contiene recomendaciones para la investigación y la redacción de tesis e informes de investigación en el ámbito académico. En mi opinión, solventa su propósito con acierto y se convierte, así, en una ayuda estimable para quienes quieran dar sus primeros pasos en el sendero de la investigación científica.

No es un elogio menor para un texto que ha sido concebido como apoyo para pensar y escribir claramente en el proceso de investigar, el que su propio lenguaje y estructura de ideas sean claros y concisos. El libro de Koval tiene estas virtudes, ya que se destaca por su orden y simplicidad expositiva.

En muchas de sus partes, el libro excede en calidad lo requerido para un manual. Así, el Capítulo 1 contiene un relato históricamente riguroso del surgimiento del método científico y de su evolución. Presenta, además, muy claramente, la importancia de la redacción de los trabajos científicos, remontando su origen a 1665, con la creación de la publicación periódica de la Royal Society: la Philosophical Transactions. El propio Robert Merton en su clásico Ciencia, tecnología y sociedad en la Inglaterra del siglo XVII, editado en 1938, destacaba el valor de esta publicación como instrumento necesario para la constitución de una comunidad científica. Los trabajos científicos bien redactados permitían la repetición de los experimentos y hacían posible así su corroboración o refutación.

Steve Shapin, en su libro La Revolución Científica (1996), describe cómo la Royal Society abrió inicialmente un Register Book para anotar a quienes querían ser testigos de los resultados experimentales. Pero como tal medida fue insuficiente para difundir los conocimientos adquiridos, dado que eran pocos los que podían asistir de hecho a los experimentos en los laboratorios, Robert Boyle –Secretario de la Royal Society– introdujo la recomendación, a la larga muy influyente, de que los informes de los experimentos se escribieran de un modo que permitiera a los lectores distantes repetirlos. Si ubicamos estos conocimientos en los albores de la revolución científica y consideramos que otras academias nacidas también en la primera mitad del siglo XVII crearon del mismo modo sus propias publicaciones, como el Journal des Savants francés, podremos comprender que la comunicación de la ciencia nació como un elemento indisolublemente unido a la práctica científica y que su función ha sido desde entonces esencial para el desarrollo de la ciencia y la conformación de un acervo de los conocimientos científicos adquiridos en el ejercicio de la actividad de investigar.

El libro de Santiago Koval centra muy adecuadamente estas cuestiones y eso constituye, en mi opinión, uno de los aspectos que lo tornan más interesante. No se trata de un aséptico manual de instrucciones, sino que fundamenta la naturaleza y la importancia de la redacción de textos científicos, asimilando la tarea de un joven que elabora su tesis en la universidad con la de aquellos científicos que, por la observación y la lógica empírica, hicieron evidentes por primera vez muchos de los conocimientos que hoy forman parte de nuestro saber común.

El libro, además, indaga en los textos científicos, señala sus rasgos principales y los clasifica por género, según el tipo de discurso académico de que se trate, avanzando en el método de elaboración de cada uno de ellos. Quien pretenda elaborar una monografía, un ensayo, una tesina, una tesis o un paper, o bien redactar el informe de un proyecto, encontrará en la caracterización de cada uno de estos tipos de texto una importante ayuda. Un aspecto original es la incorporación de un apartado con recomendaciones para el correcto armado de trabajos aplicados a los negocios, cuyo autor es Pablo Provera.

La segunda parte del libro de Koval está dedicada a una suerte de metodología de la investigación en las ciencias. Esta parte es la que sin dudas resultará de mayor utilidad a quienes se encaminen por los senderos de la producción de conocimientos científicos. Contiene este apartado una descripción muy precisa de los procedimientos para centrar el objeto de estudio, formular hipótesis y relacionar el campo de lo teórico con la producción de los datos necesarios. Finalmente, ofrece el libro nociones metodológicas precisas para el trabajo estadístico, el procesamiento de los datos y la presentación de los resultados. La preceptiva sobre la redacción de los textos es su último aporte.

En definitiva, se trata de un libro honesto, riguroso y útil, adjetivos que lo constituyen en un texto muy recomendable.

Mario Albornoz,
Investigador Principal del CONICET.

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